sábado, 11 de abril de 2026

Siempre se terminan Ahogando. Siempre acabo Quemándome.

La rabia me trepa por el cuerpo del mismo modo que momentos antes lo hacía el deseo. 

¡ Maldita sea !
¿Cómo terminó sucediendo esto?

Porque no importa cual sea la emoción que me atraviesa, 
todas me impactan con la misma fuerza. 
Siempre en las vísceras. Siempre en la cabeza. 
Un sólo tiro y dos fallecidos. Un desangrado que dura días. 
 

Al menos, para mi consuelo, a la rabia la puedo domar.
Le gusta bailar con canciones que llegan a doler en los oídos.
Se distrae con la creación de elegantes frases. 
Y no me deja con el corazón en la boca y las bragas mojadas.

Aún así, debería enseñarle a gritar bajo, solo para que se no muerda a ella misma.
Debería vestirla de orgullo y pintarle los labios, para que su fuerza brillara como merece.
Debería dejarla salir a correr por esa carretera que no permite retorno.
Y debería alejarla del miedo, para que no la influenciara tanto. 

Porque la Rabia.
Es solo un dolor que no sabe cómo hablar.
Es una ilusión que tropezó y se partió el labio. 
Es un deseo que quedó encadenado.

Un animal herido consumido por el miedo. 

Y así es como ahora me siento yo.
Herida y asustada.

Solo porque un patrón abandonó su continuidad. 
Solo porque una conjetura volvió a aflorar.


Tener siempre la razón no implica siempre una victoria. 


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