Primero, tu labio inferior se retrae hacia dentro y tus dientes se clavan en él.
Técnicamente se conoce como “morderse el labio”.
Pero la realidad no dicha del gesto, habla de un deseo interno.
La imagen frente a ti se distorsiona parcialmente.
Tu enfoque está demasiado centrado en un punto para poder captar el resto.
Lo denominan Micro-enfoque.
Lo único que no puedes sentir es la temperatura.
Pero no necesitas tocarlo para saber lo suave y firme que es.
Lo percibes con solo ver como se refleja la luz, en su piel, en las formas que se dibujan.
Luego, la caliente humedad se instala en la tela de tu entrepierna.
La tensión se adueña de tu cuerpo y empieza a recorrerte por dentro.
Los dedos de tus manos se acarician entre ellos, buscando el contacto.
Tu mirada permanece fija, sin opción posible de distracción.
Una belleza es exhibida sin coste alguno, sin necesidad de entrada previa.
Se regala a la vista de cualquier transeúnte afortunado que pase por ahí.
Y tu agradeces no tener que compartir el momento con nadie más.
El deseo empieza a pesar dentro de ti.
Porque no puedes evitar imaginar cómo sería sentir su piel.
A través de las yemas de tus dedos.
Por sobre tus labios entreabiertos.
Rozándose con tu propia piel.
Entonces, cierras los ojos.
Aunque la imagen sigue ahí. Intacta.
Te obligas a respirar. A bajar el telón a la fuerza.
Prestando atención a las voces de tu alrededor para poder volver.
Porque otra vez volvió a suceder. Tal cual como sucede siempre.
Cuando él se quita la camiseta y su espalda queda en tu punto de mira.
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