viernes, 6 de marzo de 2026

La secuencia se repite siempre igual.
Como un bucle atrapado en un espacio-tiempo donde no existe nada más. 

Primero, tu labio inferior se retrae hacia dentro y tus dientes se clavan en él.

Técnicamente se conoce como “morderse el labio”. 

Pero la realidad no dicha del gesto, habla de un deseo interno. 


La imagen frente a ti se distorsiona parcialmente.

Tu enfoque está demasiado centrado en un punto para poder captar el resto.

Lo denominan Micro-enfoque. 


Lo único que no puedes sentir es la temperatura.

Pero no necesitas tocarlo para saber lo suave y firme que es.

Lo percibes con solo ver como se refleja la luz, en su piel, en las formas que se dibujan.


Luego, la caliente humedad se instala en la tela de tu entrepierna.

La tensión se adueña de tu cuerpo y empieza a recorrerte por dentro.

Los dedos de tus manos se acarician entre ellos, buscando el contacto.


Tu mirada permanece fija, sin opción posible de distracción.

Una belleza es exhibida sin coste alguno, sin necesidad de entrada previa.

Se regala a la vista de cualquier transeúnte afortunado que pase por ahí. 

Y tu agradeces no tener que compartir el momento con nadie más. 


El deseo empieza a pesar dentro de ti.

Porque no puedes evitar imaginar cómo sería sentir su piel.

A través de las yemas de tus dedos.

Por sobre tus labios entreabiertos.

Rozándose con tu propia piel.  


Entonces, cierras los ojos. 

Aunque la imagen sigue ahí. Intacta. 

Te obligas a respirar. A bajar el telón a la fuerza. 

Prestando atención a las voces de tu alrededor para poder volver.



Porque otra vez volvió a suceder. Tal cual como sucede siempre. 

Cuando él se quita la camiseta y su espalda queda en tu punto de mira.



lunes, 9 de febrero de 2026

Capítulo 2

Igual que el yonki que se fuma la primera chustra que se encuentra por el suelo, aunque esté pisoteada y llena de mierda, yo me agarro al primer clavo que veo en el saliente. Aunque esté tan desgastado que me corte la mano y el oxido que lo cubre me envenene la mente. No me importa, al menos es un puto clavo. 

Que yo creo que me sujeta.
Pero que en realidad, sólo me está matando un poco mas. 

Porque la soledad que siento es tan inmensa, tan profunda y tan antigua, que cualquier misero trozo de pan, por mucho moho que tenga, me reluce igual que un jodido maccaron.

Porque la hazaña de encontrar una conexión autentica, que siga vibrando cuando el miedo me invade, que no se marchite con el transcurrir del tiempo y que no se desvanezca cuando la tortura del ruido mental acalla mi espíritu, parece una jodida utopia.

Y es que… la verdad es… que me siento sola de cojones!
Porque no importa la cantidad de gente que trate.
Ese “entenderse” que anhelo, y que tanto me hace falta, parece no tener cabida en esta vida.


Pero resulta que no me importa rascar hasta dejarme las uñas.
O venderme al mejor postor, sin oferta alguna de antemano.
La ilusión de encontrar la pepita de oro no se desintegra de mi cabeza.

Y de cada vez, cuando más rotas están mis uñas y mas ensangrentados tengo los dedos, mayores son las esperanzas de que puedo conseguirlo. 


Entonces, el puto clavo se desprende del acantilado, saltando al vacío de la soledad, arrastrándome a mi con él. Porque yo no lo suelto. Me dejo destrozar y despedazar, como el cadaver desterrado a las profundidades del abismo. Para ver si con esta nueva maldita ostia abro los ojos de puta vez.


Pero no… no abro los ojos, no se me cae la venda.
Sólo me descoloco, un poco de lo que ya estaba, la cabeza. 
Lo qué infla todavía más mi ridícula esperanza.
Y me mantiene siendo una desgraciada Yonki de la Dopamina de mierda. 




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“Todo lo que me hace sentir vivo,
 me lleva a la ruina y me mata
Jugando al gato y el ratón
He vuelto a caer en la trampa.”