Es un lastima que, aun cuando habiendo tantos hijos e hijas que disponen tanto de un padre como de una madre, carezcan de la figura paterna o materna que éstos deberían implicar.
No se trata de ningún nuevo tema de debate, solo de una situación totalmente personal que decido exponer.
Disponer -o tener la fortuna- de unos progenitores que hayan podido sustentarte y mantenerte en lo que a lo material se refiere, no implica que con ello se haya sustentado el sentimiento y el cariño que tanto necesitan sus hijas e hijos.
No pretendo, en asboluto, comparar lo que yo considero un FALSO HUERFANO, con un huerfano real. Ya que las situaciones que suelen acompañar a la vida del segundo, en la mayoría de las veces, solo son comparables entre sí.
Pero aquellos -en los que me incluyo- que hemos crecido con una madre y/o con un padre que desconocen, por mala fortuna y sin reproche ninguno, lo que es el afecto o que no pudieron llegar ha alcanzar el aprendizaje/conocimiento de como interactuar sanamente con sus hijos e hijas, nos sentimos también como si fueramos huérfanos.
No tenemos el gusto de conocer una figura materna que nos comprenda o nos acepte en nuestros buenos y malos tiempos, ni tampoco hay una figura paterna que nos acompañe durante nuestro crecimiento a lo largo de los años. Contrariamente a eso, lo que si experimentamos es el miedo o desinterés, según convenga, de nuestro padre al hablarle de nuestros sueños y planes de futuro, o el desacuerdo constante de una madre por nuestra forma de ser, que no cesa en su empeño, al igual que nosotros, por imponer su juicio universal.
Puede que los falsos huérfanos no hayamos pasado hambre en nuestra infancia, del mismo modo que nuestra salud física a sido atendida cuando lo ha necesitado. Pero a pesar de ello, hemos tenido que aprender tantas veces y tan constantemente a reparar, una y otra vez, nuestras alas y nuestra estructura personal, de una forma totalmente autosuficiente e independiente, separados del resto por la falta de unos recursos inalcanzables a tan temprana edad, que nos han dejado el interior casi tan vacío como el de un huérfano.
El supuesto vacío que debe ocupar el Amor. Un sentimiento que dificilmente podemos apreciar o sentir, ya que desconocemos lo que realmente es. Porque por mucho sustento que hayamos podido recibir, al no haber podido sentir el calor de las palabras o de los gestos, emocionalmente hablando estamos carentes de alimento.
Del mismo modo, que no disponemos de confianza, ya sea propia o externa. Porque es algo que tampoco llegamos a saborear durante nuestra evolución hacia el estado de adultez. Lo que implica, entre otras muchas cosas, alejarse de los demás en cuanto la alarma se enciende al revivir una situación tan igual a la vivida con nuestros progenitores, años atrás.
No supieron, pudieron, quisieron -quién sabe qué- depositar su confianza en nuestra precoz vivencia, o/ni tampoco llego a salir de ellos, de nuestros progenitores, alentarnos a confiar en nuestro inmaduro pero genuinamente autentico interés.
Y aquí nos encontramos ahora, supuestamente, en la edad adulta con nuestro/s progenitor/es, a quienes no vemos como una madre o un padre, por quién no podemos encontrar el vinculo que nos une, hasta que llega la despedida final. Reflejando nuestras ya enterradas expectativas sobre lo que antaño esperamos/deseamos de ellos; y su vez, reforzando ese ideal imaginario de lo que debería representar esa figura paterna y materna que no estuvo presente en nuestras vidas.
¿Debemos ser los hijos e hijas quienes entiendan y comprendan a sus progenitores?, ¿es demasiado egoísta desear que ellos nos entiendan y comprendan a nosotros y no al revés?
Parece que siempre es el recién llegado quién debe adaptarse a los demás,
cuando fueron los otros quién le invitaron a participar…
Y finalmente, eres tu quien cohabita con la profunda sensación de ser un indeseado extraño en tu propia familia, en la que no hallas posibilidad de llegar a encajar…
Por muchas sesiones de terapia y cursos de crecimiento personal en los que hayas invertido…